Alianza sí, subordinación no: PT y Verde frenan reforma electoral y Morena ya habla de Plan B. ✍🏻 Jorge Alx Cuevas
En política, los abrazos suelen durar lo mismo que la conveniencia. La reciente votación en el Senado sobre la reforma electoral impulsada por la presidenta dejó al descubierto una grieta que desde hace tiempo venía formándose dentro del bloque oficialista. Los partidos que durante años caminaron junto a y al propio —el y el — decidieron votar en contra de la iniciativa. El resultado fue inmediato: voces cercanas al oficialismo comenzaron a hablar de traición, abandono y deslealtad.
Pero conviene hacer una pausa antes de repartir etiquetas. La democracia no consiste en levantar la mano al unísono cada vez que el partido dominante lo solicita. Si así fuera, el Congreso sería un simple trámite burocrático y no un espacio de deliberación. En un sistema democrático, incluso los aliados tienen derecho a disentir. La pluralidad, por incómoda que resulte, es parte esencial del equilibrio político.
Desde la narrativa más dura del oficialismo se ha querido presentar el episodio como un gesto de oportunismo por parte del PT y del Verde, insinuando que la coalición solo fue útil mientras les resultó conveniente. Sin embargo, la política mexicana siempre ha funcionado a partir de acuerdos, intereses compartidos y negociaciones. Pensar que los partidos aliados deben respaldar absolutamente todo equivale a confundir alianza con subordinación.
Además, hay un factor que Morena parece ignorar en medio del enojo: el desgaste natural del poder. El partido que arrasó electoralmente durante el liderazgo de ya no vive el mismo momento político. Gobernar desgasta, y ese desgaste se refleja en la percepción ciudadana, en las disputas internas y en la pérdida gradual de la narrativa de cambio absoluto que alguna vez movilizó a millones de votantes.
En ese nuevo escenario político emergen otras fuerzas que buscan ocupar espacios. ha logrado crecer en presencia legislativa y territorial, incluso enfrentando campañas de desgaste. Mientras tanto, aunque debilitados, el y el todavía conservan estructuras capaces de aportar votos en determinadas regiones. En política, incluso los actores más golpeados pueden inclinar la balanza cuando el margen se vuelve estrecho.
Por eso resulta arriesgado que Morena caiga en la tentación de asumir que puede prescindir de sus aliados. La historia política mexicana está llena de ejemplos de partidos que se creyeron invencibles hasta que dejaron de serlo. El propio PRI gobernó durante décadas con esa percepción de hegemonía… hasta que el país cambió y el poder se dispersó.
Hoy el tablero luce mucho más competido. El electorado ya no se comporta como un bloque uniforme y cada proceso electoral muestra movimientos en la balanza. Los programas sociales mantienen una base de respaldo importante para el oficialismo, pero también existe un sector creciente de ciudadanos que ha comenzado a reconsiderar sus preferencias políticas.
Y, en realidad, esa diversidad de posturas es una buena noticia para la democracia. Un sistema sano no se mide por la capacidad de un solo partido para dominarlo todo, sino por la existencia de contrapesos reales, debates auténticos y decisiones que no se tomen por simple disciplina partidista.
Tras el revés legislativo, dentro de ya se ha comenzado a hablar de un posible “Plan B” para impulsar cambios en materia electoral, una ruta que implicaría replantear o fragmentar la iniciativa original para intentar avanzar por otras vías legislativas. Sin embargo, el episodio deja una lección clara: incluso dentro de las alianzas políticas más sólidas, el respaldo no puede darse por hecho cuando lo que está en juego es el rumbo institucional del país.
